A continuación, la síntesis de los dos primeros capítulos del libro "Vigilar y Castigar" de Michel Foucault. Es un excelente libro, difícil de sintetizar, ya que la información está muy condensada y los ejemplos, que si bien son largos, son necesarios.
El primer capítulo, “El cuerpo de los condenados”, del libro “vigilar y castiga” de Foucault, se expone, con dos grandes ejemplos, la forma como se paso del sistema punitivo del suplicio, que se caracterizaba por ser correctivo, posterior al acto delictivo y dirigido totalmente al cuerpo, al empleo del tiempo, que se caracteriza por ser preventivo, estar menos directamente dirigido al cuerpo y más al alma, y que no busca castigar sino corregir. En esta transformación se dieron dos procesos principales: por un lado, una relajación en cuanto al castigo dirigido total y únicamente al cuerpo, siendo este un intermediario con el alma, alma como una realidad inmaterial de cada individuo y que termina siendo la prisión del cuerpo. Ahora, se castiga con una privación de derechos, por medio de unos saberes técnicos desarrollados desde el poder, siendo entonces los técnicos judiciales de hoy en día, los verdugos de la antigüedad.

El otro proceso principal, es la desaparición de la antigua teatralización del espectáculo punitivo. Este antiguo espectáculo que llamaba a las multitudes a aglomerarse, y que funcionaba en el marco del espectáculo, y que hoy en día funciona con la certidumbre de la fatalidad de ser castigados, es decir, con una conciencia abstracta.
El cambio en la economía del castigo hacia el modelo del empleo del tiempo, dirigida al alma, al intangible, conllevó a tres principales efectos: el primero, es una transformación en lo que se juzga, ya no se hace sobre el delito, sino sobre la potencialidad de este, en el deseo, en la posibilidad, el segundo es el cambio de actividad en las sentencias, ya no solo se determina si es o no culpable el sujeto, se tiene que tomar en cuenta muchos más aspectos referente a la penalidad que tienen que ver que los saberes técnicos desarrollados en la actualidad, y el tercero es la introducción de gran cantidad de técnicos y especialistas que influyen notablemente en la actividad judicial.
Por último, podemos nombrar los fundamentos que Foucault establece para realizar el análisis de su libro: primero, entender al castigo como una función social compleja; segundo, entender a los castigos como un acto del ejercicio del poder y una táctica política; tercero, situar a la tecnología del poder como conector de las ciencias sociales y el poder jurídico; y por último, revisar si la entrada del alma en la justicia es una pista de un cuerpo invadido de las relaciones de poder.
En el segundo capítulo, “La resonancia de los suplicios”, Foucault profundiza en el análisis del suplicio, y de la época en el cual se practicaba. Esto llega hasta el siglo (18) XVIII, donde el propósito del castigo va dirigido hacia la salvación del alma del castigado, ya que este seguramente habrá cometido un pecado o crimen, centrándose principalmente en el cuerpo, y donde el suplicio entre menos evidente sea, más eficaz es. Durante el proceso penal de esta época, no se busca encontrar una verdad, se busca producirla. La producción de verdad, en la judicialización del sujeto, es un proceso oculto para todos, el cual se debe especificar de forma escrita, y en el cual por medio del tormento, se busca la confesión como prueba suprema y productora de verdad irrefutable. En este proceso, a la vez que se produce información, también se castiga, y todo ello, en el cuerpo del supliciado.

En la aplicación de la pena, se cumplían varios aspectos esenciales en dicho proceso: hacer del culpable, el pregonero de su propia pena; también llegar a una confesión pública, dentro del suplicio, de una manifestación de verdad por parte del castigado; luego, representar o relacionar de manera directa el delito y la pena; y por último, llegar a establecer el suplicio como prueba última del proceso penal comenzado y luego terminado.
Ahora, del lado del soberano, Foucault lo analiza como el principal beneficiado de la aplicación del castigo, ya que por medio del suplicio legitima, reactiva y valida su poder. Por esta razón, para el soberano es esencial hacer valer la ley. Pero siguiendo con el suplicio, para que el castigo sea eficaz, se requieren tres componentes principales en este: Una gradualidad medible en la producción del sufrimiento del castigado; segundo, establecer una correlación entre el crimen, el criminal y la víctima, que en todas las ocasiones viene siendo también el soberano, al cual se ha cuestionado su poder; y tercero, se instituye como un ritual que tiene como objetivo la verificación pública del castigo, por parte del castigado, que sea señalado, y por parte de la justicia, sea resonante.
Por otro lado, la atrocidad de los crímenes, daba pie para que se aplicara el suplicio y se torturara para buscar la verdad con la misma atrocidad criminal. Esa atrocidad se manifestaba en el suplicio, en el patíbulo, y los discursos del patíbulo. Los discursos del patíbulo eran la oportunidad que el pueblo tenia de hacerse participe en la política, en la reafirmación del poder del rey por un lado, pero también eran la posibilidad para que el pueblo empezara a interesarse por el ejercicio de la política, y así se diera pie para el posterior cambio en la economía del poder.

El otro proceso principal, es la desaparición de la antigua teatralización del espectáculo punitivo. Este antiguo espectáculo que llamaba a las multitudes a aglomerarse, y que funcionaba en el marco del espectáculo, y que hoy en día funciona con la certidumbre de la fatalidad de ser castigados, es decir, con una conciencia abstracta.
El cambio en la economía del castigo hacia el modelo del empleo del tiempo, dirigida al alma, al intangible, conllevó a tres principales efectos: el primero, es una transformación en lo que se juzga, ya no se hace sobre el delito, sino sobre la potencialidad de este, en el deseo, en la posibilidad, el segundo es el cambio de actividad en las sentencias, ya no solo se determina si es o no culpable el sujeto, se tiene que tomar en cuenta muchos más aspectos referente a la penalidad que tienen que ver que los saberes técnicos desarrollados en la actualidad, y el tercero es la introducción de gran cantidad de técnicos y especialistas que influyen notablemente en la actividad judicial.
Por último, podemos nombrar los fundamentos que Foucault establece para realizar el análisis de su libro: primero, entender al castigo como una función social compleja; segundo, entender a los castigos como un acto del ejercicio del poder y una táctica política; tercero, situar a la tecnología del poder como conector de las ciencias sociales y el poder jurídico; y por último, revisar si la entrada del alma en la justicia es una pista de un cuerpo invadido de las relaciones de poder.
En el segundo capítulo, “La resonancia de los suplicios”, Foucault profundiza en el análisis del suplicio, y de la época en el cual se practicaba. Esto llega hasta el siglo (18) XVIII, donde el propósito del castigo va dirigido hacia la salvación del alma del castigado, ya que este seguramente habrá cometido un pecado o crimen, centrándose principalmente en el cuerpo, y donde el suplicio entre menos evidente sea, más eficaz es. Durante el proceso penal de esta época, no se busca encontrar una verdad, se busca producirla. La producción de verdad, en la judicialización del sujeto, es un proceso oculto para todos, el cual se debe especificar de forma escrita, y en el cual por medio del tormento, se busca la confesión como prueba suprema y productora de verdad irrefutable. En este proceso, a la vez que se produce información, también se castiga, y todo ello, en el cuerpo del supliciado.

En la aplicación de la pena, se cumplían varios aspectos esenciales en dicho proceso: hacer del culpable, el pregonero de su propia pena; también llegar a una confesión pública, dentro del suplicio, de una manifestación de verdad por parte del castigado; luego, representar o relacionar de manera directa el delito y la pena; y por último, llegar a establecer el suplicio como prueba última del proceso penal comenzado y luego terminado.
Ahora, del lado del soberano, Foucault lo analiza como el principal beneficiado de la aplicación del castigo, ya que por medio del suplicio legitima, reactiva y valida su poder. Por esta razón, para el soberano es esencial hacer valer la ley. Pero siguiendo con el suplicio, para que el castigo sea eficaz, se requieren tres componentes principales en este: Una gradualidad medible en la producción del sufrimiento del castigado; segundo, establecer una correlación entre el crimen, el criminal y la víctima, que en todas las ocasiones viene siendo también el soberano, al cual se ha cuestionado su poder; y tercero, se instituye como un ritual que tiene como objetivo la verificación pública del castigo, por parte del castigado, que sea señalado, y por parte de la justicia, sea resonante.
Por otro lado, la atrocidad de los crímenes, daba pie para que se aplicara el suplicio y se torturara para buscar la verdad con la misma atrocidad criminal. Esa atrocidad se manifestaba en el suplicio, en el patíbulo, y los discursos del patíbulo. Los discursos del patíbulo eran la oportunidad que el pueblo tenia de hacerse participe en la política, en la reafirmación del poder del rey por un lado, pero también eran la posibilidad para que el pueblo empezara a interesarse por el ejercicio de la política, y así se diera pie para el posterior cambio en la economía del poder.
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