Julián Escobar es el coordinador de todos los eventos de Senderos de Antioquia, una empresa que lleva poco tiempo en el mercado turístico de Medellín, pero que tiene gran potencial. Esteban Gómez hace parte del “combo” que trabaja en Senderos y fue el guía de la “Naturalatincan”.
Tres días atrás estaba buscando deportes de alto riesgo en Medellín. La idea era hacer algo que me llenara las venas de hormonas estimulantes (pero ojo, producto de emociones no de inyecciones). Haciendo uso de la herramienta universal, sabelotodo del siglo veintiuno y “sensei” de la globalización, el internet, me enteré de los planes de deportes de aventura y ecológicos que realiza Senderos. Llamé directamente a Julián y me ofreció participar en el “Naturalatincan” del siete de marzo.
- ¿Y qué es eso? – le pregunté -
- Es un evento que Senderos organiza ya hace algún tiempo. La idea es que los dueños de perros de la ciudad tengan la oportunidad de sacar a los animalitos al campo.
La verdad quería mandarme en parapente, escalar en roca o navegar algún rio asesino. En contraste me estaban ofreciendo una tierna y apacible actividad en Santa Elena, puntualmente en el parque Arví en el sector del Tambo, nuevo plan “dominguero” de la masa medellinense, impulsado por la construcción del cable Arví.
- El evento tiene una dificultad nivel dos en una escala de cinco. Usted verá, es el único evento que tengo para marzo. Ya si prefiere yo le colaboro con un evento más movido… pero sería para Semana Santa.
- No, no, no… yo me le mido a ese, no importa.
Y no es mala idea. Basta recordar las infinitas enfermedades causadas por el estrés laboral, la contaminación de las calles y la falta de ejercicio. Lo mismo ocurre en el caso de los canes; obesidad, estrés citadino, problemas de socialización con otros animales. En conclusión, todos salen ganando.
Era un plan diferente. Por algunos momentos tuve un conflicto con una parte de mí que solo quería poner en riesgo mi trasero. En fin, salió ganando la parte mesurada pero inteligente que veía en este evento una gran historia y plan original.
Llegue cumplido. El lugar acordado, la hora acordada, el día acordado, hasta las estrellas debían estar en la posición correcta… yo había respetado la promesa, pero nadie llegaba.
En ese momento fue inevitable sentir ese “culillo” de haber cometido algún error en el bus que me había llevado, o pensar que esa señora que me había dado indicaciones no tenía idea del lugar al cual me mandaba. Afortunadamente el susto se apaciguó. Si, efectivamente comencé a ver perros, grandes, pequeños, gordos, feos, horribles, de todos los gustos colores y sabores… el sueño de cualquier dueño de un restaurante chino.
Aquí viene el que sabe
Por fin llegó el “loco” de Senderos. Era Esteban, el guía que me había hablado Julián. Con calma y una actitud amigable me dirigí hacia el lugar en el que se encontraba, al otro lado de la vía. Estaba sentado en unas mesas de madera dispuestas para los turistas que habrían de llegar dos o tres horas luego, con ansias de almorzar sancocho en el parque natural. Con tono pausado le dije:
- ¿Qué más hermano? ¿Cómo andas? Mira, no sé si Julián te hablo de mí. Yo soy Andrés Felipe Giraldo, soy periodista y vengo a hacer un reportaje.
En realidad no soy periodista, soy estudiante de comunicación social, pero es que se siente muy bien decir con tono seguro que el poder del periodismo me respalda, me da importancia. Y es que así me atienden mejor.
- Ah… pues, la verdad Julián no me ha comentado nada… vamos a ver si se comunica conmigo. Si no puedo hablar con él, no hay ningún problema, puedes acompañarnos pero me pagas los $ 7000 del evento.
Si claro, qué problema iba a haber… si le tenía que pagar, cuál problema; si le tengo que pagar, no había necesidad de comunicarme, simplemente me camuflaba entre los canes y sus dueños, y hacía una crónica más sutil, no tenía que decir mentiras y no tenía que pasar la calle… en fin. Pero bueno, que se le va a hacer… esperar a ver si no me los cobraba porque tal vez me podían hacer falta. Dejando a un lado el materialismo, me concentre en la actividad.
Esteban es un hombre de estatura media, tez bronceada y cabello corto, casi “tuso” de máquina número uno. Si no fuera porque está vestido de civil, diría que parece un “soldado de la patria”. Estaba muy atareado. Se notaba que es una de esas personas a las cuales les preocupa hacer bien las cosas, pero que cuando la situación los desborda, el estrés los invade. Era muy difícil sacarle una conversación fluida; un gesto de amabilidad por fuera de lo estrictamente formal.
- Bueno… ¿y vos desde cuando trabajas en Senderos?
- Es una larga historia. – Respondió. En realidad no pareció pensar la pregunta que le había formulado. Inundado por nombres de perros y humanos que parecía le iban a explotar el cerebro, sacó de un rinconcito de su cabeza una historia, que se notaba, había contado muchas veces antes-
Haber, yo comencé estudiando ingeniería de procesos en la universidad Eafit, pero no me gradué por unos problemitas ahí con la práctica… ¡me fue muy mal! – se notaba que era uno de esos temas que no se deben preguntar-. Después de eso monté una pizzería como por tres años. Ahora estoy becado en el “Poli” – Politécnico Jaime Isaza Cadavid- y actualmente estudio gestión turística y hotelera.
- Y… ¿hace cuanto trabajas con Senderos?
- Huy… por ahí hace dos años, más o menos.
Y luego de eso, clavó la mirada en la lista contabilizadora. No me quedó nada más que intentar detallar el lugar. En realidad estábamos en el cruce de dos caminos, una intersección con cuatro vías posibles, y los perros en la mitad de todo estorbando a cuanto carro, moto o persona se disponía a pasar. Empezaba a hacer calor, pero el vaivén de los pinos me decía que había algo de viento.
Veintiún perros y cuarenta y dos personas… treinta perros y sesenta personas… y así, a medida que el sol se colocaba cada vez más y más en el centro de ese cielo azul, humanos y perros llegaban en sus carros. De repente Esteban miró el reloj y decidió que era hora de empezar la aventura. Se paró en una silla y con una voz esforzada llamó al orden y explicó la actividad, las mismas palabras que Julián me había dicho por teléfono. ¡Parecía una retahíla! Por mi parte estaba cansado de contar perros… la última cifra eran cincuenta canes, luego perdí la cuenta.
- Vea… esta plata se revolvió con la mía –y sacó de su desgastada billetera un fajo de billetes de pequeña denominación y se la entregó a Absalon- después cuadramos hermano, pero la próxima vez yo no me encargo de esta cosa. Ahí deben haber por lo menos trescientos mil pesos.
Esteban se sacó ese peso de encima de cargar con el dinero ajeno, y continuaron los preparativos.
Se ordenan por razas, se clasifican por color, pero se revuelven por ser perros
Todo era un desastre. Absalon, dueño de la Fundación PIP, que realiza tratamientos psicomotores a niños especiales y de la calle, trataba de congregar a todos en un círculo que abarcaba toda la calle. A leguas se notaba que sabía de esos animales, porque unos útiles consejos les enseño a los amos para controlar a sus perros en caso de pelea o para dejarlos pasar un mejor rato.
En realidad de nada sirvió poner a los labradores y a los golden retriever a un lado, o permitir que los inquietos fox terrier y los beagles fueran adelante para darles más espacio. Comenzamos a caminar por una vía angosta y asfaltada, y luego de veinte o treinta metros, Esteban nos guió por un sendero improvisado… daba la sensación que estábamos invadiendo la propiedad de alguien. Luego de cinco minutos no había ningún orden. Los adultos mayores se retrasaron con sus perros pequeños y lentos, shis tzus, Schnauzers miniaturas y hasta un bull dog obeso. Los jóvenes y rápidos se adelantaron con perros más activos y por lo general más grandes, labradores, pastores alemanes o los pequeños pero siempre inquietos beagles o los fox terrier.
- ¡qué diferencia este ambiente al de Medellín! –exclamé con cierta pasión que siempre me ha inspirado la naturaleza-
- Si… sí, claro, esa es una de las mejores cosas que tienen estas salidas.
Creo que mi comentario sirvió para establecer cierto vínculo entre Esteban y yo, toqué su fibra sensible, toqué su pasión… y me di cuenta que le encantaba salir al bosque, respirar el aire puro. De ahí en adelante él se soltó un poco, habló un poco más y se sintió más cómodo con aquel “pelado” preguntón que lo acosaba todo el tiempo. Fue un pequeño avance, sin embargo, Esteban no soltaba muchas palabras.
De repente el guía estrella, Tarzan criollo y conocedor del área, se metió por un sendero angosto que anunciaba que ahora si entraríamos en el bosque. Me sentí complacido por poder vivir la experiencia, pero ciertamente no tanto como los perros. En este momento comencé a entender mejor la actividad. En realidad no son los humanos los que más disfrutan el paseo, son los canes los que gozan salir de esas jaulas de concreto que limitan sus movimientos, sentirse libres del yugo de un lazo, de un amo lleno de traumas y supersticiones estúpidas sobre sus comportamientos.
Sin darme cuenta, un joven y vigoroso labrador chocolate me pasó por el lado. Con gran agilidad saltó a la quebrada Piedras Blandas que marcaba el sendero recorrido por nosotros.
Y no solo fue el chocolate, también los tres o cuatro dorados y los dos golden retriever… los labradores veían el agua y se volvían locos, casi como si estuvieran oliendo el aroma de alguna perrita en celo.
Continuamos con el recorrido. Era un camino angosto. Debía tener como máximo 20 centímetros de ancho, y a los costados, la vegetación empujaba a personas y perros a quedarse por la senda. Los canes estaban felices. No dejaban de correr, brincar o ladrar. Más bien parecía que algunos dueños tenían problemas.
No eran los perros los que se comportaban mal, no eran ellos los que eran frágiles o corrían peligro al estar sueltos. Eran sus dueños y sus mentes locas, suposiciones de comportamientos caninos inventados o gustos de los animales que no tenían nada que ver con la realidad.
La manada del vivero
Continuamos con la aventura. Quince minutos después apareció ante nuestros ojos un viejo portón de madera; habíamos llegado a un hermoso vivero… una pradera de amplios pastos verdes, el sueño de un perro inquieto. En este lugar, las Empresas Públicas de Medellín (EPM) protegía y cultivaba las plantas que tiene planeado sembrar en las inmediaciones del parque, con motivos estéticos. Esteban aprovechó la oportunidad para darles a los dueños de los perros, y tal vez a los perros, uno nunca sabe, algunas curiosidades del lugar.
Al mismo tiempo, un vigilante ulcerado alegaba que saliéramos del predio, porque “le dañaban las matas”. Se apresuró a sacarnos del lugar, no sin que antes un señor, el dueño de un beagle, alegara jocosamente que “le abonamos gratis el terreno” y que faltaban las gracias. De ahí en adelante todo fue rutinario. Una parada para comer, y Esteban repartiendo un detalle de parte de Senderos, para terminar con el eventual regreso.
Para el regreso nos dividimos. Los que querían devolverse por el bosque junto con Absalon, y los que nos devolvimos con Esteban por una carretera cercana. Yo en mi deber periodístico, opté por el caliente asfalto.
Media hora después regresamos al estadero el Tambo, esperamos a que llegaran todos y Esteban le dio las gracias a cada cual por la participación:
- Hombre… ¡perdone lo malo! Para la próxima ocasión espero tener más organizado el evento.
- No, no… no hubo nada malo. Tranquilo – le decía el dueño de un pitbull que se porto excelentemente-
- Bueno, gracias… estamos para servirle.
Esta conversación me hizo reflexionar. Esteban no era el tipo más comunicativo que he conocido, pero era un buen “pelado” y estaba trabajando. Me sentí mal por “echarle la madre” en mi interior porque no me colaboró mucho con el trabajo… en el fondo, él también tenía el suyo. Pero el remordimiento duró poco. Deliberadamente me cobró los siete mil que le debía porque Julián no llamó, ni Esteban lo llamó… nadie quiso llamar, en fin, pagué y me quedé apenas con los pasajes del regreso.
Luego de eso, me despachó. Me indicó el camino hacia el Metro Cable Arví… y di por terminada la actividad. Fue el momento preciso para recapitular mis ideas.
Ah… qué momento tan romántico… la vista espectacular de las copas de los pinos bailando; disfrutaba la cabina del teleférico; la tranquilidad generada por el suave mover del cable, pero sobretodo un penetrante olor a “mierda” que había tratado de esquivar todo el día, pero que de alguna forma llevaba en mi pie derecho cual plastilina.
De repente me ilumino una luz. Yo… una persona que nunca ha tenido perro, ni gato, ni hámster, ni sapo ¡nada!, había entendido por fin la dinámica del hombre-animal. Y es que vi más allá de recoger desechos orgánicos en un sofá y gastar más dinero en concentrado animal que en comida humana (claramente dependiendo del tipo de mascota). Encontré en mi interior la pureza del alma animal, del alma de un perro que siempre acompaña al amo, lo respeta y hasta lo ama. Nunca se debe dudar de la sinceridad de un can, y este siempre estará dispuesto a hablar contigo, a conversar, a ser tu amigo… así sea ladrando. De ahora en adelante debo recordar que es mejor ladrar que hablar.